Circo
Smiljan Radić
Solar Calle Mayor
2026
Durante los años de la dictadura, el artista chileno Eugenio Dittborn enviaba de contrabando grandes pinturas plegadas dentro de sobres grises a distintas partes del mundo: sus Pinturas Aeropostales. Entre las arquitecturas posibles, pocas admiten con la misma naturalidad esa condición de ser plegadas, transportadas y reinstaladas en pocas horas. El circo —en su escala menor— es una de las formas paradigmáticas de esa economía del movimiento.
Cada verano, los circos pobres recorren las costas centrales de Chile. Se instalan tres o cuatro días en las canchas de fútbol de barrio o en cualquier solar disponible —espacios comunitarios, blandos y despejados— y se marchan sin dejar huella. Están construidos con una tela plástica precaria y barata, la misma de los maxi sacos de recogida de escombros: no resisten la radiación solar que los atraviesa y se descoloran en cada viaje; su durabilidad depende solo de la reparación abnegada de sus dueños. Durante su breve existencia, la luz se filtra e infla un interior vibrante y frágil, lleno de colores industriales: rojos, amarillos, blancos, celestes, naranjas y verdes.
El circo, como evento y como estructura, ha sido germen del teatro de vanguardia: el shock dadaísta, el desarme escenográfico de los constructivistas, la New Babylon situacionista, esa ciudad que nunca se fija del todo al suelo. Es la sombra de toda arquitectura efímera que pretenda construir, de manera frágil, un interior lleno de aire: ligero, alegre, primitivo y económico, quizá el mejor ejemplo de espacio instantáneo imaginable hoy.
Trasladar y colorear un circo pobre chileno de veinte metros de diámetro para instalarlo, por manos españolas, sobre un terreno blando de Logroño es el proyecto para Concéntrico 2026. En su interior comunitario conviven seis pantallas tendidas en el suelo —como iPads comunitarios— y algunas sillas plegables de circo posadas al azar, como moscas; en ellas se proyecta, sin sincronía, Le petit chapiteau (Joris Ivens, 1963), filmada en Valparaíso: siete minutos de un encantamiento permanente. Y, a su pesar, el circo podría también ser idealmente transparente.